Magreo con un chico joven en el metro y follada en la oficina.

Publicado el 10 junio, 2020 por friki.

Aquella tarde estaba solo en casa y decidí dar un paseo en el metro para recordar aquellos tiempos en que me costaba llegar a fin de mes.
Recorrí casi todas las líneas, me bajé en varias estaciones y observé la diversidad de personas que entraban y salían de los vagones.
Mis ojos se fijaban especialmente en las mujeres, en sus pechos, sus caderas, sus glúteos y sus labios.
No buscaba nada en concreto, pero me excitaba pensar en la variedad de sexos que se escondían bajo los vestidos y entre los pantalones. A mi edad no es fácil encontrar sexo sin pagar y me conformaba con frotar mi polla con un cuerpo caliente.

Llegaba la hora de la cena y decidí regresar a casa. El vagón se llenó de gente en un par de estaciones. Nuestros cuerpos se apretujaban unos contra otros sin pudor. Un joven entró precipitadamente y tras varios vaivenes del vagón acabó con su cabeza rozando mi nariz. Su espalda se pegó a mi pecho y mi brazo extendido para asirme a la barra se rozaba con el suyo.
Sentí un fuego que me abrasaba todo mi interior. Decidí vivir el momento.
Pegué mi cuerpo al suyo suavemente esperando su reacción. Él respondió a mi provocación apretando sus glúteos contra mí. Metí mi mano en el bolsillo para colocarme la picha de manera que encajara entre sus nalgas y me pegué a él. Los movimientos del metro frotaban mi sexo con su culo y sentía mucho placer.
Tuve que esforzarme para no correrme porque la complicidad con aquel joven era absoluta. Me dejaba acariciarle, refregarme con su cuerpo y sentía un deseo irrefrenable de tener su cuerpo desnudo. Era un sueño hecho realidad. Un magreo con un chico joven en el metro.
Mi cara reflejaba el placer que sentía y una mujer madura, casi de mi edad, me guiñó un ojo pero ahora no estaba interesado en un cuerpo de mujer, sino en el de aquel muchacho.
Llegamos al centro de la ciudad y el vagón empezó a vaciarse pero el joven seguía pegado a mi y yo a él. Le propuse bajar en la siguiente estación porque allí estaba mi empresa y sabía que el sábado por la tarde no habría nadie.
Tomamos un refresco en un bar y charlamos muy poco. Le dije que era conserje y tenía las llaves de la empresa donde trabajaba.

Subimos hasta mi despacho y ante los enormes ventanales le enseñé la gran avenida llena de vehículos. Me apreté con su cuerpo para sentir de nuevo el placer. Le toqué por encima de la ropa y el se giró. Mi boca se fundió con la suya y nuestras lenguas se enredaron en una danza de gozo y placer.
Mientras nos besábamos le desnudé y acaricié todo su cuerpo. Sus pechos eran casi infantiles, sin vello y con unos pezones pequeños que se deshacían en mi boca. Su polla no era grande, pero era regordeta, suave y caliente. La acaricié para dejar al descubierto su precioso capullo. Me agaché y lo chupé dulcemente. El joven se estremeció. Mis dedos buscaron el agujero de su ano y luego mi lengua lo saboreó. El magreo con un chico joven en el metro se me estaba yendo de las manos.
Sentí de nuevo el palpitar de su polla en mi boca. Él me había desnudado poco a poco y besado mis pechos como si fuesen los de una chica. Bajó su cabeza hasta mi pelvis y se introdujo la punta de mi verga en su boca. La erección llegó de inmediato y se me puso muy dura. La cogió con una mano y con la otra acariciaba mis huevos y llegaba hasta mi ano sin darse cuenta.
Nos tumbamos en la moqueta y le puse encima de mí. Nuestras pollas se rozaban una con otra.

Le di media vuelta y comprobé que su culo estaba estrecho. Mi polla no lograba entrar a pesar de la saliva que él había depositado en ella. Cogí un gel lubricante del armario y se lo introduje en el ano hasta que este se dilató. Mi polla entraba poco a poco y notaba la estrechez de aquel túnel de placer. Me moví con mucha suavidad hasta que aquel agujero se acopló perfectamente a mi verga y ésta se deslizaba con dulzura adentro y afuera.
Su cuerpo era tan suave que lo acaricié por todas partes hasta que decidí correrme. Mis embestidas eran fuertes y el gemía y me pedía que siguiera. Me corrí como nunca lo había hecho. Sentí que una cantidad de leche manaba sin parar de mi interior en cada movimiento.
La saqué poco a poco para mantener el placer vivo aún. Le besé en la boca y acaricié su miembro duro. Acerqué mis labios hasta aquel cilindro caliente y lo besé. La punta estaba húmeda. Algunas gotas se habían escapado y mojaban el glande. Lo chupé y me metí casi todo su pene en la boca. Mi lengua jugaba con la punta y mis labios aprisionaban aquel rabo virginal. Lamí desde arriba hasta los huevos y saboreé la leche que se escapaba del interior de su culo. En mi boca volvió a introducirse aquella picha ardiente y la chupé y succioné hasta que brotó un chorro de leche caliente y dulce que llegó hasta mi garganta. Me la tragué e inmediatamente recibí varios latigazos más en mi paladar. Dejé que fuera el quien moviese su polla para correrse más a gusto. Mi boca se llenaba una y otra vez. Me la tragaba y se volvía a llenar. Cuando disminuyó la intensidad de su eyaculación mantuve la leche en la boca para que su polla sintiese más calor y mejor lubricación. Quedó rendido.

Acerqué mi boca hasta la suya y le besé en los labios. Cuando éstos se abrieron introduje mi lengua en su boca y la leche cayó dentro. Nos besarnos con el sabor de su semen como si fuese la primera vez que nos morreábamos. Se incorporó y chupó mi polla flácida y rociada de semen, lubricante y el sabor de su ano. Logró que se me pusiese dura, pero ya no tenía la erección suficiente como para repetir. La besó por todas partes. Lo que comenzó siendo un magreo con un chico joven en el metro terminó siendo toda una experiencia sexual completa.

Unos días mas tarde oí su voz preguntando por un conserje, pero le dijeron que allí no había habido nunca un conserje. Salí y di unas instrucciones a mi secretaria. Quería verlo y quedar con él, pero ya había bajado en el ascensor.

Relato erótico enviado por Jose.

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